Mi diario en la oscuridad: 106 horas de aislamiento

Primeras horas

Lo que pareció ser un apagón más se prolongó por horas, horas y horas. Ese jueves en la tarde llegué a casa después de una larga jornada en el trabajo, cogí el libro que leo en estos momentos y lo leí hasta que la luz del sol desapareció. Preparé la cena junto a mi madre, un poco preocupadas porque hasta lo último que alcanzamos a leer, antes de quedarnos sin señal y sin batería en nuestros teléfonos, es que era un apagón general, que incluía los estados: Falcón, Lara, Carabobo, Distrito Capital y Zulia.
Cuando el cansancio cayó, y el reloj marcaba las 10 de la noche, busqué dos colchones de nuestras camas y los acomodé en la sala de nuestro apartamento, abrimos ventanas, puertas, prendimos una vela y tratamos de dormir. No voy a negar que dormí bastante bien, aunque me desperté un par de veces a corroborar que no hubiesen cucarachas a mi alrededor pero de resto todo bien; brisa fría, sorprendente para el clima cotidiano en Maracaibo.

Día 1: Aviso de lo que venía

Desperté apenas salió el sol, sin saber la hora y preocupada porque me dejara el transporte del trabajo. Logro encender mi teléfono en 3% de batería, veo la hora, 6:45, corro a bañarme y desayunar. Poco después llegaron por mí e iniciamos una larga ruta para buscar o comunicarnos con otros compañeros. Al llegar a la oficina, solo nueve personas nos encontrábamos ahí, pero no hacíamos nada sin electricidad, volvimos al auto y luego de un largo recorrido, llegamos a un reconocido hotel de la ciudad de Maracaibo para cargar teléfonos y tratar de informarnos de lo que ocurría.
Después de varios intentos, desistimos de la idea de tener internet, las telefonías móviles estaban completamente caídas. Nada de señal, nada de internet, nada de datos móviles. A las 12 del mediodía nos marchamos, mi teléfono cargó hasta 78% de batería pero sabía que no me duraría así estuviese sin señal. Lo apagué y decidí que lo utilizaría solo para alguna emergencia. Me mantuve comunicada con un teléfono “potecito” que mis compañeros apodaron “arturito”, pues era el único que llamaba y recibía llamadas.
La ciudad estaba desconcertada, trabajadores a las afueras de los comercios esperanzados con que llegara la electricidad, algunos carros llevaban bolsas de hielo en las capotas, personas en el frente de sus casas y ya se contabilizaban hamacas colgadas al aire libre.
Posterior a una larga cola para echar gasolina en una estación de servicio con planta eléctrica, realidad de tan solo tres o cuatro bombas en la entidad, logramos salir sin abastecernos de combustible. El caos y la anarquía reinaron en el lugar, presente con o sin electricidad.
Llegué acalorada a mi casa, el reloj de pared marcaba 2:30 de la tarde. No traía buenas noticias para mi madre, pues a pesar de que aun desconocía las causas del apagón, las pocas fuentes de información confiables a las que tuve acceso coincidían en 72 horas como mínimo para reestablecer el sistema eléctrico nacional. - Te recomiendo buscar hielo para la carne-. -¿Hielo? El poco que había ya se derritió- Expresó mi madre mientras iba apresurada a la nevera, me ordenó buscar una pequeña cava que tenemos, cogió todos los alimentos que necesitan estricta refrigeración y guardó en la cavita con el hielo que quedaba. Envolvió en trapos y guardó todo en el congelador de la nevera. El agua fría que quedaba la echó en un termo con el resto del hielo. -Ahora nos toca comernos todo las comidas frías que se pueden dañar- Me advirtió. En las siguientes horas comí más queso, verduras, restos de comida guardada y carnes que lo que había comido en los últimos meses.
Con brisa fresca que golpeaba las ventanas y los móviles de viento que posee mi madre, me animé a instalar una hamaca en el pasillo del edificio que divide los apartamentos y donde hay amplias ventanas. Por primera vez traté de hacer nudos para hamacas, imitando las tantas veces que mis hermanos las pusieron y que nunca presté atención. Mis hermanos se encuentran ahora en otras fronteras, no vendrán a ayudarnos. Pero mi vecina de al lado, de origen guajiro, salvó a mi madre de acostarse en aquel desastre que hice y amarró correctamente.
Volví a mi libro, a leer mientras la brisa revolvía mi cabello, descalza y acostada en el pasillo, al lado de la hamaca donde ahora toma una siesta mi madre. El libro que me acompañara estos días, era precisamente un diario del afamado escritor peruano Mario Vargas Llosa, “Diario de Irak”, un relato personal en el que describe su visita a un país en conflicto bélico como el Irak del 2003. Su pluma al describir las criticas circunstancias que le tocara vivir me recuerdan a las mías en estas horas. Horas sin electricidad, sin agua y con difícil acceso a las comunicaciones.
La noche llega rápido, acompañada de un par de arepas deformes que hice a la luz de una vela. Barrí la sala, como permanecen las ventanas abiertas se mete arena al apartamento, coloqué los respectivas colchones, esta vez, le di el más grueso a mi madre para que sienta más soporte en su espalda, está sufriendo de dolores en su cadera. Encendí mi vela, en la que creo me ayuda a alejar mosquitos y cucarachas, tomé una ducha y traté de colocarme una pijama fresca. A partir de esa noche hice el mismo procedimiento las tres noches siguientes, nunca sentí que fuese a llegar la luz, me adapté rápido.



Día 2: Vecinos, una sola familia

Desperté picada por los zancudos, más acalorada y con mucha sed, para este sábado el agua ya no está tan fría, noté la angustia en el rostro de mi madre, quien mientras desayuna expresa -Este era un país tan bueno…-, frase que no logra terminar sin estar conmovida. -No quiero imaginarme como deben estar trabajando en los hospitales, uno que trabaja con tanta mística para salvar vidas… deben haber muchos muertos-, afirmó ya en llanto. Mi madre trabajó 35 años en el área de salud como trabajadora social en hospitales y ambulatorios.
Horas más tarde continué mi libro, mientras, mi madre bajó a comprar algo de comida, para completar el almuerzo. Como no hay punto de venta, solo aceptan efectivo. Ella pudo comprar tres plátanos con los últimos billetes de bolívares que le quedaban. Hicimos ensalada para el almuerzo con lo que quedaba de verduras -y a comernos todo porque no se puede guardar nada- expresó.
Traté siempre de mantener la calma, no desesperar y mantenerme tranquila frente a mi madre. No actuaba, realmente lo estaba, no me sorprendía lo que vivíamos, no me decepcionaba: en mis 23 años de vida no conozco otra Venezuela que la que está llena de escasez, falta de servicios públicos y demás. En cambio mi madre, aún tiene esperanzas en que haya un cambio. No me alegra lo que vivimos pero sí que entienda que no hay forma de seguir viviendo con calidad de vida en este país.
Envié mensajes de WhatsApp desde el teléfono de mi madre con la esperanza de que le llegaran a nuestros familiares en el exterior. Estamos cerca de las 50 horas sin electricidad y en todos los mensajes escribo “estamos bien”.
Para la tarde, nos unimos a los demás vecinos en el patio del edificio para jugar dominó. Ahí estuvimos hasta las 10 de la noche porque, al parecer, vecinos de zonas cercanas protestaban quemando cauchos por la falta de agua y luz; momentos después llegaron siete camiones de la Alcaldía de San Francisco con personas armadas. Al escuchar los estruendos de tiros salimos corriendo a nuestros hogares y la protesta fue dispersada.
Una vez leí en un libro, que hablaba del Holocausto en la Segunda Guerra Mundial, que las situaciones extremas llevan a poner a prueba los valores, sentimientos y verdaderas intenciones de los seres humanos. Definitivamente los venezolanos estamos al borde del colapso por tantas faltas de servicios básicos que nos llevan a sacar lo peor y mejor de nosotros.



Día 3: Protestas, cacerolas y disparos

Aún no ha amanecido y siento pasos en el techo. Vivo en el último piso del edificio y la azotea es mi techo. Resulta que un vecino de 25 años, junto a cuatro amigos más decidió que era buena idea drogarse y beber en la azotea a las 4 de la mañana: Pasos, risas, “guachafa” y corretones… a casi 60 horas sin luz, con calor, zancudos y la incomodidad de un fino colchón, era algo que no pensaba tolerar. Fui a la ventana y dije: -Los que están en la azotea- pero como sentí que no me escucharon grité: -LOS QUE ESTAN EN LA AZOTEA, por favor, la guachafa, las risas, los pasos no nos dejan dormir, sin luz se escucha todo, vamos a colaborar por favor …y gracias- no recibí respuestas pero le bajaron dos a la “fiesta”.
Desperté a las 7:30, acalorada, traté de comunicarme con familiares en el exterior y nada que salían los WhatsApp. Desayunamos arepas de nuevo, con la falta de efectivo y panaderías cerradas no hemos podido comprar pan. Mamá toma su café sentada en el pasillo del edificio, agarrando fresquito. La batería de los teléfonos se agota, no hay donde cargar, decido enviar unos últimos mensajes de texto sin recibir respuestas y asumo que nadie más tiene señal o batería.
A las 12 del mediodía escucho cacerolas por el balcón del mi apartamento y gente que sale de sus casas a protestar en la avenida principal. Veo humo a cualquier dirección que mire, gente gritando. Pues sí, también golpeé fuerte una olla, sobre todo cuando 30 minutos después se escucharon disparos y helicópteros sobrevolando la urbanización. La gente corría alejándose y luego regresaba al mismo puesto a protestar. Van 66 horas sin electricidad.
La policía estuvo presente disparando y persiguiendo en patrullas a manifestantes, mientras dos helicópteros: Uno rojo, identificado por los vecinos como El Patriota y otro identificado con el logo de Gobernación del Zulia volaban sobre la urbanización.
De un apartamento frente a mi balcón, veo a una mujer de unos 35 años gritando por su balcón -Sucios, disparan a quema ropa- minutos más tarde veo a su pequeño hijo de dos años gritando a cada carro que pasa -shushios-, mientras su hermano más grande imita los sonidos de disparos y apunta con sus dedos a patrullas policiales que pasan -phew phew- mientras los disparos reales suenan en el aire, todo a escasos metros de los hechos violentos.
Vecinos de los edificios abren sus rejas para que jóvenes que protestan se resguarden. Los niños de ese edificio observan como muchachos con suéteres que tapan sus rostros son protegidos por abuelitas. Más tarde ese día un joven fue herido con una bala en su pierna, vecinos abrieron el portón de su estacionamiento, lo cargaron y lo resguardaron. Pude conocer el día siguiente que enfermeras del mismo edificio le sacaron la bala, lo cosieron y vendaron. El joven fue buscado por familiares en un carro horas más tarde.
Esa misma tarde, observé a niños jugando a “disfrazarse” con suéteres que tapan sus rostros y me pregunté ¿Los nuevos superhéroes?
Para esta noche no hay velas, ya todas se han consumido. Tomé un cuchillo y raspé la cera que pude de las velas que quedan para que me alumbren una noche más. Mientras escucho al bebé del apartamento de al lado llorar, Daniel se llama.
Daniel nació hace 6 días. De 144 horas de vida lleva 71 sin electricidad, sin saber lo que es un aire acondicionado o tetero fresco. En las últimas horas solo ha escuchado las voces de un viejo edificio, disparos, cacerolas. Así como el olor a sudor de quienes lo rodean y humo de cauchos quemados a través de su ventana.
Después de contar 72 horas sin luz, deje de mirar el reloj. Apenas salía el sol nos levantábamos y apenas anochecía queríamos dormir. Lo único que me preocupaba era que se acabara la comida y no poder comunicarnos con allegados.
Un vecino que llegó recién del municipio Mara se acercó para contarnos noticias que escuchó, todos los vecinos presentes hicimos un círculo en medio de la oscura noche y escuchamos atentos. -El gobierno no está haciendo nada para solucionar el problema, mataron y metieron preso a los gerentes de compañías eléctricas que pidieron ayuda a empresas internacionales. Juan Guaidó declararía mañana Estado de Emergencia y autorizaría una intervención internacional- pensé “No lo sé Rick, parece falso”, después de escuchar aquella historia.



Día 4: Monopolio de comida

Desperté resignada pero luego me acordé que como era lunes tenían que buscarme para ir al trabajo e iríamos a algún lugar con electricidad, así podría cargar teléfonos y lámparas, pero a las 8 de la mañana me informaron por un mensaje de texto que no irían por mí. Igual bajé con mi madre a comprar el periódico pero ya se había acabado, necesitábamos informarnos de alguna manera de lo que ocurría.
También pretendíamos comprar plátanos pero no había, así que compramos cuatro topochos por 300 bolívares que conseguí en mi monedero. Aunque hay comida como arroz, pasta, atún y algo de carnes, que mi madre logró congelar en una carnicería cercana con planta eléctrica, ya quedaba poca harina y huevos. También contamos con suficiente agua, un privilegio que personas de otras urbanizaciones no tenían.
Para este último día la situación era crítica, por primera vez en tres días pude salir y ver el movimiento de la ciudad, había mucha gente en las calles, buscando donde comprar comida pero todo estaba cerrado. Los pocos negocios que había cobraban en efectivo, dólares o tarjeta Banesco que era la única que pasaba. El desespero se empezó a aprovechar de las personas. En mi casa por ejemplo, almorcé tres tajadas de plátano con huevo, no quedé satisfecha pero tampoco iba a comer más, el ahorro de comida empezaba a controlar nuestro hogar. Por primera vez escuché a mi madre contar las comidas que faltaban, “tenemos cena para hoy y desayuno para mañana”, me entristeció.
Pudimos conocer que a algunos vecinos se les dañaron sus carnes ¡pobre gente! con tanto sacrificio con la que logran comprar tres pedazos de carnes y ahora tuvieron que comérselas rápido o dejarlas dañar. Debo reconocer que en nuestro edificio reinó la solidaridad, varias personas cocinaron todas las carnes que tenían y repartieron a los vecinos que no tenían nada, jugamos dominó y juegos de mesa como Monopolio, Ludo, Ajedrez; hasta aburrirnos, pues la oscuridad no nos detenía. Con la batería de los carros encendían un bombillo que alumbraba las cuatro mesas de dominó donde jugaba gente de los cinco edificios de nuestro estacionamiento.
Subí a mi casa alrededor de las 10 de la noche, hice mi acostumbrado ritual de barrer, colchones y bañarme, antes de quedarme dormida escuché a mi madre decir: “Esto no se había visto nunca, harán documentales de esta tragedia”, asentí y me dormí.



Día 5: El alumbramiento

A las 2:59 de la madrugada desperté, vi a mi madre parada junto al balcón observando la oscuridad, de repente y a 106 horas sin electricidad, la sala del apartamento se iluminó a tal punto que nos encandiló. Mamá se quedó inmóvil y con desconfianza dijo “no te muevas”, yo me levanté y corrí por los cargadores y los teléfonos, “necesitamos cargar lo antes posible por si se vuelve a ir”, pensé. Vi al vecino de enfrente caminar sin rumbo por su sala sin saber qué hacer, escuché a la vecina del apartamento frente a mi balcón gritarle a sus hijos “Vergación, ¿ya van a empezar a joder? Hoy duermen toda la noche”, afirmó con certeza.
Una hora más tarde y acostadas en nuestras camas con aire acondicionado mi madre llora desconsolada, probablemente no cree la magnitud de los cinco días que vivimos.

Las semanas siguientes al apagón de cinco días, no fueron mejores que eso...


Freydalí Pimentel

Comentarios

Entradas populares de este blog

Lino Connell: "El deporte me ayudó a superar el accidente aéreo en el que murió mi familia"

Elsa Antúnez: "Desde joven sufrí de taquicardias pero seguí corriendo, si me moría que fuese en las pistas"

"Mientras en EEUU hay una estatua de Luis Aparicio, aquí los niños no saben quién es": Enrry Rosales