Crónica: Ningún carro pasaba



A las 4:45 p. m. Sara salió de clases en la Facultad de Humanidades en La Universidad del Zulia, apresurada por tomar alguna ruta interna que la trasladara a la Av. Guajira, mejor conocida como Ziruma. Sus esfuerzos se vieron frustrados debido a que las instalaciones de la Alma Mater estaban completamente vacías. Respira profundo y se prepara para caminar hasta la salida, unas cinco cuadras la esperan para ser recorridas; pese al sol, la soledad del camino, el peligro respirando en su oreja y el dolor en su vientre a causa del período menstrual le ralentiza los pasos.

5:00 p. m. En Ziruma no pasa ningún carrito por puesto que le convenga. No planea esperar, camina en dirección a su casa volteando constantemente a sus espaldas para asegurarse que no venga algún transporte que le sirva. En la esquina de la estación de servicio “La Trinidad” cruza a la derecha mientras sigue pendiente de algún carro con el conito blanco “Ziruma – Lago Mall”. Sara no pierde las esperanzas, el dolor en su vientre se agudiza, el sudor recorre su espalda, la brisa le seca la garganta.

La sensación inquietante de pasar por enfrente del Barrio Ziruma le hace acelerar el paso; Sin embargo, el camino aún es largo y los calambres menstruales se hacen más seguidos. Continúa volteando hacia atrás, se convence de que los carritos de Ziruma no están trabajando –No ha visto ninguno pasar desde que salió– Piensa “llegaré hasta el Hospital Clínico, ahí seguro agarro algo”.

Casi siete cuadras caminadas y un poco desorientada por la sed y el dolor, Sara ve lo que parece ser un carrito de Milagro Norte cruzando en U en la intersección frente al Clínico. Ve personas embarcarse en la unidad, saca su mano, le hace señas al conductor, este la ve y se estaciona frente a ella. Al abrir la puerta del copiloto y sentarse, Sara exclama en silencio “Gracias a Dios”.

Como puede busca el efectivo en su morral, saca 2 mil 500 bolívares que vale la ruta corta y los paga de inmediato. Cuando intenta relajarse en su puesto, debe moverse hacia el conductor para darle espacio a una señora que se monta. De inmediato,  percibe el olor intenso a cigarrillo del chofer, situación que le causa desagrado, fatiga y molestia: piensa en el mal olor que quedará en su ropa y cabello.

Ya quiere bajarse, su destino está próximo pero su vientre le recuerda con calambres más potentes que la tortura no ha terminado. Los segundos del semáforo en rojo pasan lentos mientras se prepara para bajarse en la próxima parada. Una vez afuera de la unidad, espera pacientemente que no vengan carros para pasar la Av. Fuerzas Armadas, ahora Av. Paúl René Moreno Camacho.

Llega a la esquina, camina hacia adentro de la urbanización desesperada por llegar, se imagina acostada en su cama pero sabe que tendrá que esperar más por el cese del dolor. Trata de acelerar el paso pero apenas puede mover sus piernas. Saca las lleves del morral, abre la reja de entrada, ingresa a la casa y su vista se nubla al saber que finalmente llegó.

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